Mía Argent - Capitulo 2



Viernes 15 de febrero del 2008


Mía era una chica normal de cabello oscuro y largo, sus ojos color oscuro parecían penetrar en la oscuridad, alguna vez le habían dicho que parecía un depredador a la espera de su presa.

Tenía 18 años y la verdad es que mía tenia éxito con los chicos, tenía una figura esbelta, no era muy alta pero podía intimidar a cualquiera con su mirada. Según decía su madre eso era algo que le venía de familia, ella era Mía Argent. Eso era algo que siempre le había hecho sentirse orgullosa.

Ese mismo año iba a terminar segundo de bachillerato en un instituto de Toledo, cerca de una de las puertas de la ciudad. El ambiente del instituto era agradable y se había adaptado con facilidad. La verdad es que los “Argent” habían sido una familia muy viajera, cosas del trabajo de sus padres. Ese era su primer año en Toledo desde hacía 15 años para ella era como si fuera la primera vez que vivía en Toledo, había pasado mucho tiempo desde aquello, era una forastera, sus amigos de la infancia ya no estaban. Las calles de aquella ciudad, extraña para ella, se le hacían familiares pero no llegaba a orientarse entre ellas.
La parte antigua de Toledo, recordaba a una antigua ciudad medieval con sus muros, sus torres, sus calles empedradas y sus callejuelas. Toledo parecía un verdadero laberinto de calles estrechas y muchas de ellas sin salida alguna. Orientarse por ellas era una verdadera hazaña si no las conocías bien.

Mía vivía en una antigua casa del casco antiguo de Toledo, escondida entre decenas de callejuelas que tenias que atravesar para llegar a ella. La casa se encontraba en un callejón sin salida que no parecía gran cosa desde el exterior, sin embargo por dentro era una verdadera mansión antigua y llena de los recuerdos que generaciones pasadas habían dejado en ella. Desde siempre aquella casa les había pertenecido. La familia de Mía siempre le decía que estuviera orgullosa de ser un argent pues significaba mucho y habían formado parte de la historia. Ella había intentado sonsacar a sus padres parte de esas historias, mía quería saber porque era importante su nombre, quería saber de dónde provenía, sentirse orgullosa de sus antepasados. Eso era algo que sus padres le habían sabido inculcar siempre, el orgullo por la familia, por el pasado. Eso era lo más importante para ellos, la familia.
Había elegido hacer un bachillerato de letras, aunque la decisión no fue fácil, le gustaban las ciencias, la lógica, las matemáticas y la física, le gustaba saber por qué ocurrían las cosas, pero el poder de la historia y de la palabra le llamaba con más fuerza.

La historia la apasionaba, todos esos relatos, leyendas que te transportaban a un universo paralelo de violencia, guerras, traiciones y mitos le fascinaban. Sobre todo era él “como habíamos llegado hasta aquí”, esa pregunta se la hacía muchas veces en voz alta y el hecho de ver como las hebras de la historia se entrelazaban de tal manera, que daban forma al presente era algo que la impresionaba.
Aquel día era viernes y llegó a las 15:00 a casa. Salía del instituto a las dos y media y se entretuvo un poco hablando con sus dos recientes amigos, Laura y Cristina, dos chicas formidables que la habían acogido como si fuera una más. Ya conocía algo aquellas calles y no se perdía con tanta facilidad como al principio.
La casa estaba vacía, sus padres no llegarían hasta el día siguiente. Sentía como un pequeño escalofrío cada vez que cruzaba la casa sola y vacía, pero a la vez le maravillaba, le gustaba sentarse en un cómodo sillón victoriano a leer relatos y leyendas. Esta última semana había empezado con el libro rimas y leyendas, de Gustavo Adolfo Bécquer. Las leyendas estaban ambientadas en Toledo, y eso la hacía, si cabe, un lugar un poco más mágico. Se pasaba las horas muertas allí, al lado de una chimenea del siglo XV, que tenía tallado en piedra una seríe de símbolos y figuras que parecían una mezcla entre hombres y lobos… parecía como si fuera la crónica de una transformación. Aunque ella no sabía muy bien que tenía de especial, con respecto a otras, le gustaban aquellas figuras y el calor que desprendía.

Ese día se paró a mirar con más detalle la estancia… grande y acogedora, con pieles de animales salvajes como alfombras, con ballestas antiguas colgadas en las paredes y las cabezas de dos lobos colosales, de color gris, casi blanco, a ambos lados de la chimenea…
Encima de ella, había una colección de balas plateadas de diferentes tamaños, metidas en diversas cajitas de cristal.

No pudo ese día con la curiosidad, a pesar de que sus padres eran muy protectores con todo lo que constituía su pasado. No querían que rompiese nada. A pesar de ello, se acercó a la chimenea y rozó con sus manos la secuencia de figuras de hombres y lobos, fue pasando la mano por cada una y notando el frío de la piedra.

En una de esas figuras apoyó algo de peso, ya que estuvo a punto de caer por un tropiezo con el sillón, consiguió mantener el equilibrio a duras penas y oyó un “clack”.
La piedra se movió, y dejó un hueco que antes no existía. Mía miró con detenimiento aquello y vislumbró algo dentro de allí. Era como una bolsa vieja de piel, polvorienta y cerrada, tenía la forma de un libro. Lo sacó con cuidado y lo apoyó en la mesa de cristal que tenía al lado y sopló. Ante sus ojos apareció el escudo de la familia y el nombre de ARGENT en plateado y con un lobo gris atravesado por una espada.